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2009/12/02

091202 . EL VELO Y LA CRUZ

Ilustración: Enrique Flores
  • El velo y la cruz
  • El laicismo es el gran invento de la modernidad para facilitar la convivencia entre los diferentes credos: saca a Dios del salón público y lo instala en el corazón privado de los hombres y de las mujeres libres. El velo es un símbolo religioso privado, equivalente a las medallas o la kipá. Lo que está en juego es la libertad de las propias musulmanas. Ellas deben descubrir su camino
  • El País, 2009-12-02 # Jorge Urdánoz Ganuza . Profesor de Teoría Política en la Universidad Autónoma de Madrid
En su carta al director del viernes 14 de noviembre, María de Andrés Urtasun solicita una explicación para el doble rasero que ella percibe entre el trato dado al crucifijo y al velo de las musulmanas. Según ella afirma, mientras el primero es retirado apresuradamente de las aulas, el segundo no sólo se tolera sino que se defiende con afán. Se trata de una comparación que está adquiriendo un considerable éxito en el imaginario social, por lo que conviene sin duda profundizar en su fundamento.

La primera gran diferencia entre el caso del crucifijo y el del velo apunta al espacio en el que cada uno se sitúa. Ni el laicismo como ideal de tolerancia ni el liberalismo como teoría política subyacente tienen problema alguno con el crucifijo en sí, sino con el lugar en el que algunos se empeñan en colocarlo: la escuela pública. Porque, aunque esos algunos no parezcan querer entenderlo, "público" significa "obligado para todos".

Un crucifijo en un centro público (sea un hospital, un juzgado o una escuela) supone adscribir una y sólo una determinada religión a todos y cada uno de los usuarios de tal centro.

Y, claro, una cosa así choca con la libertad religiosa, porque algunos usuarios adoran a otro Dios, otros no adoran a ninguno y otros no acaban de saber a qué o a quién adorar. De ahí que el fundamento jurídico de la sentencia del Tribunal de Estrasburgo haya sido precisamente ése: la libertad religiosa.

Un inciso: algunos salen aquí con el pintoresco argumento de que los católicos son mayoría en nuestro país, y de que de tal cosa se desprendería la legitimidad de los crucifijos en las escuelas. Da pereza tener que explicar esto, pero es que si la religión del Estado se eligiera por mayoría, entonces nada habría que objetar a que en los países musulmanes todos los niños fueran educados en el islam, en Israel todos lo fueran en el judaísmo, aquí todos en el catolicismo, en Grecia todos en el cristianismo ortodoxo, etcétera.

"A la teocracia por la democracia", un bonito eslogan que aquí asumen sin rubor algunos de nuestros pretendidos liberales, y que pisotea una de las conquistas más elementales de la modernidad: el Estado ha de ser neutral, aconfesional o laico -cosas todas que significan lo mismo- precisamente porque sólo así puede garantizarse para todos la libertad de conciencia.

Pero retomemos la cuestión. La gran diferencia entre el velo y la cruz es que el velo es algo privado. No es un símbolo religioso que se quiera imponer en ciertos espacios públicos, sino una prenda que algunas personas deciden lucir (y soy consciente de todo lo problemático que encierra este "deciden" cuando estamos hablando de niñas o adolescentes).

Un aula, cuando es pública, no puede adornarse con trajes religiosos pertenecientes a una determinada confesión. Nada público puede hacerlo: ni las aulas, ni los libros, ni los temarios, ni (por cierto) los juramentos de los funcionarios, ni (por cierto) los funerales de Estado, ni (por cierto) la declaración de la renta, ni... en fin, nada que obligue a todos. Ésa es la gran diferencia: el velo es algo privado, el crucifijo -el que se ha prohibido en Estrasburgo, quiero decir- pretendía ser público.

Por eso, para enfocar con justicia la cuestión, al velo no habría que compararlo con los gruesos crucifijos de pared de las aulas, sino con los diminutos que muchos de nuestros estudiantes llevan colgados al cuello, con las medallas de la virgen, con las estampas de santos, con la kipá que lucen los judíos, etcétera. Es decir, con símbolos religiosos, sí, pero perfectamente privados. ¿Hay algo en el laicismo que implique prohibir los símbolos religiosos privados? No, en absoluto.

De hecho, si el laicismo garantiza la neutralidad de los espacios públicos lo hace precisamente para que cada uno podamos hacer uso de nuestra libertad individual en el ámbito privado. Es gracias al laicismo que unos pueden lucir una cruz y otros un velo, y ésa es su grandeza civilizatoria.

Contra lo que mezquinamente nos venden algunos en este país, el laicismo no se opone a ninguna religión, sino todo lo contrario: lo que viene a hacer es garantizarlas todas. El laicismo es sinónimo de tolerancia, de igualdad, de respeto. Es el gran invento de la modernidad para facilitar la convivencia entre los diferentes credos: saca a Dios del salón público del trono y lo instala en el corazón privado de los hombres y de las mujeres libres.

Pero, ¿y no es el velo un símbolo machista? ¿No vulnera la dignidad de la mujer, no presupone y potencia su sumisión? Esta segunda acusación va más allá del ámbito del laicismo y acude en su descargo a cierta idea de los derechos humanos. Si el velo atenta contra la mujer, lo hará dentro y fuera de la escuela, y habrá por tanto de perseguirse siempre y en todo caso.

Por estos y otros motivos, buena parte del feminismo (no todo) se sitúa del lado de la prohibición, junto a insospechados compañeros de viaje como los neocon, cierta islamofobia rampante y no pocos partidarios de ese "choque civilizatorio" que más que describir una situación parecen empeñados en provocarla.

La cuestión es desde luego espinosa, y dista de ofrecer nada ni remotamente parecido a una solución sencilla, pero yo adelantaría dos razones por las que creo que el feminismo hace un flaco favor a su causa cuando aboga por la prohibición. En primer lugar, porque al hacerlo así ha de asumir una identificación entre una prenda -el velo- y unos valores -los patriarcales- que está lejos de ser evidente.

El velo no significa lo mismo siempre, ni en todas las culturas, ni para cada una de las mujeres que lo adoptan. Se trata de una generalización abusiva que probablemente genera más problemas que los que resuelve.

En el caso concreto de las escuelas, parece mucho más sensato que decida cada Consejo Escolar atendiendo a las circunstancias del caso. Y, como en todo proceso con garantías -esas garantías jurídicas que configuran uno de los más hermosos avances morales que ha dado al mundo la civilización occidental- "las circunstancias" han de ser siempre actos concretos, no meras prendas de vestir, sean velos, estrellas de David o crucifijos.

Lucir el velo no debe llevar per se a la apertura de un proceso de indagaciones del que los demás alumnos se hallen liberados. Sabemos a qué recuerda eso, y estremece tener que recordar lo obvio.

Pero, en segundo lugar y sobre todo, porque lo que está en juego es la libertad de las propias musulmanas. Que el velo es machista es en muchos casos absolutamente cierto, pero prohibirlo enarbolando esa razón resulta en buena medida contraproducente. La lucha de las mujeres por su liberación ha sido el acontecimiento más fructífero y liberador de la modernidad, pero lo ha sido así porque fueron ellas las que encabezaron la lucha: ellas fueron las protagonistas, como ahora lo han de ser las musulmanas.

Lo que la prohibición lograría sería retirar de la cabeza de las mujeres el mero velo externo, sí, pero al presumible precio de mantener incólume el interno, que es el que principalmente hemos (han) de combatir: el machismo son ante todo ideas y representaciones mentales, y sólo secundariamente ropas, hábitos y servidumbres.

Son ellas las que han de descubrir su camino, sin que les indiquemos cuál es "el adecuado" ni les forcemos a transitarlo. Para bien o para mal, las similitudes que existen entre querer obligar a una mujer a despojarse de una determinada prenda "por su propio bien" y pretender imponer en un país "la democracia" manu militari son demasiado evidentes, demasiado cercanas y demasiado siniestras.

2009/11/20

091120 . DIFERENCIAS AMBIGUAS



  • Diferencias ambiguas
  • A propósito del estreno de “El último verano de la boyita”
  • Página 12, Soy, 2009-11-20 # Mauro Cabral
La intersexualidad ha estado históricamente asociada a la ambigüedad sexual, pero ¿y si en lugar de nombrar cuerpos sexuados diferentes se tratara de una palabra capaz de articular políticamente esa ambigüedad y esa diferencia? El cine argentino, con XXY –Lucía Puenzo– y ahora con El último verano de la boyita –Julia Solomonoff, estrenada la semana pasada– ya hizo foco, sin despegarse totalmente del discurso médico, en los cuerpos intersex. Revisar estas películas y otras emergencias culturales de la intersexualidad tal vez proporcione algunas claves para pronunciar de otro modo la indefinición radical de todos los sexos.

El encargo es más o menos el siguiente: una nota que dé cuenta, con claridad y pocas vueltas, de las representaciones culturales de la intersexualidad. Yo acepto, por supuesto... por supuesto y a sabiendas de que la claridad y las pocas vueltas son incompatibles con el tema en cuestión. Empecemos por el principio: por la palabra.

El modo más breve de definir la intersexualidad es aquel que conjuga, en una sola frase, la llamada ambigüedad sexual con su destino en Occidente –un destino que hasta nuestros días ha estado signado por la expropiación biomédica de la diversidad corporal–. De acuerdo con esa definición, las personas intersex somos quienes, habiendo nacido con un cuerpo sexuado que varía tanto del promedio masculino como del promedio femenino hemos experimentado las distintas consecuencias que depara esa variación en esta cultura: el estigma de la ambigüedad, es decir, el de tener dos sexos, uno incompleto, de no tener ninguno o de tener un tercero, así como las distintas tecnologías de normalización que nos hacen encarnar, en la medida de lo posible, uno solo y solo uno.

Esta definición plantea un problema inicial –ese que es, de momento, el problema en el que consiste la intersexualidad–. No hay manera de definir la ambigüedad sexual si no es en relación con una supuesta precisión de lo sexual, y a su también supuesta encarnación en los cuerpos sexuados promedio de hombres y mujeres. Es así como quedamos, por definición, eternamente obligados respecto de esos dos promedios corporales elevados al rango de ley: encarnarás la diferencia sexual, o no serás nada. Este mandato, sin embargo, no sólo es excesivo para nosotros, sino también para el resto... ¿O acaso ha nacido ya quien pueda encarnar, de manera total y absoluta, un único sexo preciso?

iii

La diversidad sexuada ha tenido una larga y accidentada historia en Occidente –asociada de manera inextricable a las distintas economías de lo monstruoso–. Para Michel Foucault se trata de una forma particular de monstruosidad, aquella que combina, a la vez, los órdenes de lo imposible y lo prohibido. Es así como hemos terminado adorados en altares y quemados en hogueras, arrojados al mar o al desierto, atravesados por estacas, penes, espadas y bisturíes, recibidos en el mundo como presagios de su buena –pero generalmente de su mala– fortuna. Nuestros cuerpos, impropios por definición, violan la ley de la naturaleza al afirmar que, en materia de diferencia sexual, lo imposible es posible, una violación que la ley de los hombres no perdona.

Los tiempos que nos tocan vivir son los del progresivo declive del monstruo y de la progresiva aparición del paciente intersex (por lo general pediátrico e, incluso, neonatal). Se nos agarra temprano, antes de que la ambigüedad sexual nos tome el cuerpo, la mente y el alma y nos arroje a morar entre los hombres y las mujeres. La medicalización extrema de nuestros cuerpos ha tenido, sin embargo, efectos paradójicos. Ambiguos como somos, ¿acaso podía ser de otra manera?

Tanto la inmediatez como la obligatoriedad de la intervención médica han terminado por (re)producir el monstruo al que buscaban olvidar. Muy pocas personas saben cómo se ve un cuerpo intersex no intervenido –y esa falta de comercio con la diversidad corporal desata justamente aquellos temores, fantasías y deseos que sólo produce la conjura deseante de lo monstruoso–. Ha sido justamente la experiencia de esa medicalización la que ha producido la intersexualidad como identidad –puesto que, claro está, nadie nace intersex, solo se llega a serlo... en un hospital–. La humanidad, condenada a encarnar los mismos cuerpos sexuados una y todas las veces, se ha convertido en una versión débil y feroz de sí misma –y ha convertido nuestra existencia en un ejemplo paradigmático de encarnizamiento terapéutico–. Y es que no hay dudas: las buenas intenciones producen monstruos, esa clase de monstruos capaces de cortar y coser los genitales de un niño o de una niña solo para evitarles el dolor de su diferencia futura.

iii

Hasta nuestros días la representación dominante de la intersexualidad es aquella que produce la medicina –no sólo a través de su vocabulario, sino también de sus imágenes–. ¿Quién no ha visto, alguna vez, una de esas fotografías en las que alguien, por lo general un niño o un adolescente, está parado desnudo, con los ojos cubiertos por un cuadrado negro o un círculo blanco, expuesto a la mirada que procura saber? ¿O los genitales abiertos de alguien que no aparece en la fotografía, señalados por un dedo médico que oficia, al mismo tiempo, de referencia? Más importante: ¿quién ha visto, alguna vez, alguna otra cosa?

La medicalización de la intersexualidad coloniza sin parar otros modos de representación. Un ejemplo: la sustitución de los cuerpos intersex por flores en algunas versiones gráficas, una operación representacional que no solo nos reinstala en la naturaleza, sino que además nos representa como frágiles, pasivos y esencialmente arrancables y exhibibles en un florero (o en algún otro frasco). Otro ejemplo: el sometimiento de cualquier ficción que involucre la intersexualidad al escrutinio de la medicina, una suerte de llamada al orden que advierte jugarás con cualquier cosa, excepto con la verdad del sexo (una llamada que recibió, por ejemplo, Lucía Puenzo, cuando se atrevió a malrepresentar un cuerpo intersex). Y uno más: el torso hermafrodita fotografiado por Del LaGrace Volcano y reproducido por todas partes ha sido intensamente criticado por no ser, precisamente, un torso hermafrodita.

A lo largo de su historia moderna y contemporánea la intersexualidad se ha constituido en uno de los anudamientos más poderosos entre sexualidad y patología –en tanto no ha dejado, ni por un minuto, de causarle a la heterosexualidad normativa uno de sus peores dolores de cabeza–. No hay heterosexual que resista la interrogación que produce uno de nosotros en el deseo... ni tampoco hay homosexual que resista (y allí están los ejemplos de Middlesex y XXY para probarlo). La estabilidad misma en la que se funda el binario hétero/homo se viene abajo si la diferencia sexual tambalea. Y es justamente esa promesa de desestabilización la que ha convertido a la intersexualidad en la mitología pasada y la esperanza futura de la emancipación queer. Esta elevación de la intersexualidad al rango de promesa encarnada ha tenido efectos más bien nefastos –puesto que en lugar de colaborar en la transformación de nuestro status de objetos médicos ha propiciado nuestro devenir objetos apropiados del contrasaber–. Y nunca falta quien cree, a pie juntillas, que para ser intersex es preciso haber leído a Judith Butler.

iii

Los últimos años de esta década han sido los de una intensa representación de la intersexualidad en los términos de una gestión de la diferencia. Hace rato que la pregunta por el poder en los orígenes de la distinción entre lo Mismo y lo Otro han dejado paso a la administración pública de las identidades –y los destinos– discretos. Ya no importa bajo el imperio de qué ley ni en el contexto de qué régimen político de la corporalidad hemos llegado a ser diferentes. El punto es que lo somos, y no vale la pena (nos dicen) ocuparse de desmantelar la matriz que nos diferencia. La aprobación en el año 2006 de un nuevo vocabulario para nombrarnos –consagrado en el documento conocido como Consenso de Chicago– está produciendo en todo el mundo una fuerte re-medicalización de la intersexualidad, descompuesta en un conjunto, bien preciso, de trastornos del desarrollo sexual. Esa amenaza cruel en la que consiste su incertidumbre parece ahora domesticada para siempre.

En fin. Veremos cuánto aguanta ahí encerrada, y yo apuesto a que bien poco –porque la verdad es que mal que le pese a la gente no hay palabra en el mundo que pueda cumplir con ese encargo–.

El sex appeal de lo imposible

Soy un judío de Córdoba; como cada año, el espíritu navideño que invade progresivamente esta ciudad calurosa y polvorienta me mueve, sin embargo e indefectiblemente, al deseo. Y, como cada año, como no podría ser de otro modo, el regreso de las fiestas me mueve al deseo por lo imposible. Peor aún: al deseo por aquello que, siendo hoy claramente imposible, fue posible allá por algún pasado. Para estas navidades yo desearía, por ejemplo, recibir de regalo unas antiguas vacaciones de la escuela primaria, uno de esos veranos interminables que comenzaban apenas finalizado noviembre y terminaban recién en marzo.

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El último verano de la boyita acaba de estrenarse en el circuito comercial de Buenos Aires –justo ahora, cuando empiezan a desperezarse los calores, es decir: justo a tiempo–.

La película de Julia Solomonoff despliega con belleza y sencillez una trama que es, también, bella y sencilla. Ese despliegue cinematográfico está sostenido y tensado por una indudable semántica estival –¿acaso no es larga siesta de verano uno de los sinónimos perfectos de secreto?– y una economía singular del develamiento –si la sexualidad es el íntimo secreto de verano, la intersexualidad, está visto, es la madre portentosa de todas las tormentas–.

iii

El último verano de la boyita y XXY –dirigida por Lucía Puenzo– son películas ciertamente diferentes. A pesar de esas diferencias, en una y otra la intersexualidad es (re)producida a través de ciertas insistencias. O, podríamos decir, a través de ciertos parecidos de familia que hablan, a las claras, de las encarnaciones presentes de la intersexualidad. No se trata, como podría pensarse, de semejanzas entre ambas películas sino, justamente, de ese entre en el que parece consistir la intersexualidad y que hace posible aquello que narran.

Hay un animal en el comienzo de El último verano..., así como lo hay en el comienzo de XXY. En un caso se trata de un caballo, que se debate contra las sogas que lo sujetan y los hombres que tiran de las sogas; en el otro caso se trata de una tortuga, que ha llegado hasta una mesa de examinación. En ambas películas, está visto, los animales no son sólo los portadores materiales y simbólicos de la otredad, sino también del sometimiento bajo el cual se les brinda alguna hospitalidad entre los humanos, ellos y ellas.

XXY transcurre en un paraje situado en el retiro de una playa uruguaya. El último verano... transcurre, en su mayor parte, en las lejanías de la pampa entrerriana. Podría decirse, por supuesto, que ambos lugares son el aquí de quienes los habitan y, por tanto, no pueden ser definidos a priori como geografías de la distancia. En ambos casos, sin embargo, y de acuerdo con el movimiento interior a cada narración, a esos lugares se llega y de esos lugares también se parte. Más aún: es en esos lugares –y no en otros– donde mora lo extraño, tan distante de esas ciudades donde nacen, crecen y se reproducen los hombres y las mujeres. El agua es consustancial a ambos entramados narrativos, y los personajes se sumergen una y otra vez, escapando de ese mundo cruel y terrestre en el que imperan los bípedos.

Ambas películas son historias de iniciación sexual –comprendida, a la manera de Foucault, como historias de iniciación en el ejercicio sexual del sí misma o del sí mismo–. Ese ritual iniciático tiene su punto cúlmine en el encuentro con la encarnación misma de la otredad sexual (esa que, de tan otra, devuelve el reflejo invertido de lo mismo). El verbo devenir se conjuga en ambas del mismo modo diferencial: los iniciados son aquellos –el adolescente, la niña– que se enfrentan a la intersexualidad, de pronto y en medio de la nada, aquellos que son tomados y rehechos por el paso de la intersexualidad por su cuerpo. Los personajes intersex de ambas películas son iniciados en un ritual distinto, y su devenir es, como ellos mismos, otro: el suyo es devenir literal de aquello que siempre fueron.

El carácter relativamente estático de los personajes intersex –fijados a la trama por la costura del diagnóstico– reconoce, no obstante, un movimiento peculiar, a la vez subjetivo y objetivo. Podríamos llamar a ese movimiento la asunción de la verdad. O, mejor: de la verdad, que no es otra que el supuesto real del cuerpo. En una y otra película hay un momento crucial de autorreconocimiento, de encarnación verdadera –aunque se trate de una verdad impronunciable en la lengua–. La singularidad no deja de ser paradójica: si algo desmiente la intersexualidad es la posibilidad misma de una verdad una.

La persistencia de lo literal no es una casualidad, sino el resultado obvio de la imposibilidad de prescindir, siquiera en el terreno de la ficción cinematográfica, de la definición medicalizada de la intersexualidad. Y si existiera, acaso, la posibilidad de una poética rebelde a la reducción permanente al diagnóstico, ambas directoras se han encargado de precisar, en distintas entrevistas, cuál es el síndrome que aqueja a cada una de sus criaturas intersexuadas. Y no se trata de rehuirle al diagnóstico, materialización frecuente de nuestras biografías, sino de atreverse a afirmar, siquiera por una vez, la cualidad esencialmente narrativa de todo y cualquier diagnóstico. ¿De qué otro modo sería posible diagnosticar a personajes de ficción?

Ni El último verano... ni XXY permiten vislumbrar aquello que, en un cuerpo sexuado, sería evidencia indubitable de intersexualidad. Hay ciertos indicios, por supuesto: pastillas, sangre, alguien que mira entre las piernas y declara que hay dos, una venda que aprieta el pecho. Y hay otros indicios. A diferencia del resto de los personajes de ambas películas, los personajes intersex de una y otra hablan y se mueven de un modo singular. Nadie podría decir, a buenas y primeras, que eso que los distingue pertenece al orden de la así llamada ambigüedad sexual; pero, vamos, algo les pasa, algo de su rareza genital se cuela en su manera de pronunciar las palabras, mover las manos, balancear el cuerpo. Son de otra parte, se dirá. Justamente.

Las dos películas muestran formas librescas de la intersexualidad. Hay libros de medicina en una y otra, y los personajes buscan y se buscan entre sus páginas. El único saber disponible en esas lejanías es el más tradicional de todos –ese saber médico que llega a chicos y grandes a través de la autoridad de la palabra escrita–. Se trata, evidentemente, de una intersexualidad de libro. A lo largo de ambos recorridos argumentales se traza una relación fascinante entre la reproducción gráfica y escrita de aquel saber y los cuerpos intersex vividos: el carácter iniciático de esos cuerpos, fundado en su correspondencia con las imágenes y las palabras impresas, sólo puede mantenerse si se trata de cuerpos no intervenidos quirúrgicamente. Los manuales de medicina no dan cuenta de nuestras historias, y el sex appeal de la cicatriz aún necesita que se filme su propia película.

A la luz de esta extrañeza –allí donde lo extraño no es la intersexualidad, sino la integridad del cuerpo– el emplazamiento en una geografía distante comienza a perder su carácter de recurso narrativo para convertirse en una condición de posibilidad... de la supervivencia. La verosimilitud de las futuras ficciones urbanas de la intersexualidad, si alguna vez llegan a existir, requerirá de la modificación radical de esas condiciones. Tanto XXY como El último verano de la boyita dejan sentir el llamado insistente de ese imperativo.

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Mi abuelo José Siriczman era visitador médico. En su biblioteca había centenares de libros y, entre todos ellos, sobresalían unos gruesos volúmenes verdes y negros. Eran unas revistas tituladas MD. Medicina y Humanidades, que mi abuelo había coleccionado durante años, y encuadernado. Cada una de esas revistas incluía largas notas, ilustradas, de historia de la medicina, de filosofía, de literatura, y abundaban las reproducciones de obras de arte. Mi abuelo había recortado una de esas reproducciones, la había enmarcado y adornaba una de las paredes de la habitación donde jugaba solo al ajedrez, leía y dormía. Era un Quijote, montado, azul y solo, con la firma de Honoré Daumier.

Ese Quijote está ahora en mi estudio, frente a la silla en la que me siento para escribir. Debajo de su figura de yelmo y lanza enhiesta hay una cita tomada del libro, una frase que dice lo mismo que yo, judío hermafrodita de Córdoba, deseo y deseo: Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad.

2009/11/11

091111 . PENSAD QUE ESTO HA SUCEDIDO



  • Jaime Vándor . Superviviente en Hungría del Holocausto judío: "Cualquier cosa que ha sucedido una vez en la Historia puede volver a ocurrir; también un nuevo Holocausto"
  • Dentro del proyecto de Sos Racismo Gipuzkoa 'Pensad que esto ha sucedido', Jaime Vándor acercó ayer al Koldo Mitxelena de Donostia la realidad del Holocausto judío. La suya. La que vivió en primera persona, hace casi siete décadas, en la Budapest ocupada por la Alemania nazi
  • Noticias de Gipuzkoa, 2009-11-11 # Miguel Cifuentes . Donostia
Algo más de un año antes de que acabase la II Guerra Mundial, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, el ultraderechista húngaro Miklós Horthy se desligó de su alianza con los países del Eje y entabló negociaciones con los aliados. Fue el desencadenante de la ocupación alemana de su país, que se consumó el 19 de marzo de 1944. Desde ese día, los más de 700.000 judíos húngaros sufrieron en sus carnes la política de exterminio nazi, el Holocausto. Antes ya habían padecido algunas medidas persecutorias del propio Horthy, pero nada comparado con lo que les esperaba. Jaime Vándor, afincado en Catalunya desde 1947 pero nacido en Austria catorce años antes y huido a Budapest junto a su familia, fue uno de ellos.

¿Cómo cambió su vida el 14 de marzo de 1944? ¿Qué recuerdos guarda de todo aquello alguien que por entonces sólo tenía once años?
Los alemanes impusieron una serie de leyes y el cambio fue radical. La clásica estrella amarilla, la entrega de pertenencias como radios o bicicletas, la prohibición de tener teléfono, la imposibilidad de sentarse en un parque o en un tranvía, no poder entrar en un restaurante o en el cine... Además, la ocupación hizo que comenzaran los bombardeos de los aliados y que se paralizara la enseñanza. Era peligroso salir a la calle, había riesgo de alarma en cualquier momento y las madres querían tener a los hijos cerca. Lo recuerdo todo y lo recuerdo bien.

¿Era consciente de la gravedad de los acontecimientos?
Antes de la invasión de los alemanes, y salvo por cuestiones como la escasez de los alimentos o las cartillas de racionamiento, los niños apenas nos enterábamos de lo que pasaba en la Guerra. Mi madre sí lo había pasado muy mal, porque no hablaba húngaro, no tenía profesión y tenía que mantenernos a mi hermano y a mí (el padre se había marchado a Catalunya para tratar de asentar allí una nueva vida, pero ellos todavía no habían podido viajar con él); pero nosotros apenas nos dábamos cuenta. Hasta que llegaron los bombardeos, de no haber sido por la ausencia de mi padre, igual ni siquiera nos habríamos enterado.

¿Y después de los bombardeos?
Los padres siempre procuraron que los hijos no nos enterásemos demasiado para no asustarnos. El día que mi madre me cosió la estrella por primera vez y salí a la calle, por ejemplo, yo no tenía la menor idea de las consecuencias que eso podía tener. Parecía más bien un distintivo o una condecoración, no sabía qué significaba aquello. Nos íbamos concienciando sobre la marcha.

Y, dentro de esa concienciación, ¿llegó a darse cuenta de la realidad del Holocausto? ¿De que otros judíos eran llevados a campos de exterminio, de que eran asesinados de manera continua y discriminada?
Nosotros no sabíamos de la existencia de los campos. Sabíamos que en la primavera de 1944 se habían llevado y habían deportado a los judíos de las provincias -entre 550.000 y 600.000-, casi todos ellos ancianos, mujeres y niños (miles de hombres habían sido enviados al frente de batalla para que estallasen con las minas y otros miles a los campos de trabajo en calidad de esclavos), pero de los campos de concentración se sabía poco. Y de los de exterminio no teníamos la menor idea.

¿Tenían noticia de lo que había ocurrido y ocurría en otros países?
Sobre todo, se sabía lo que había ocurrido en Austria y en otros países ocupados por los alemanes. Lo que estaba pasando en Hungría se conocía menos, se iba sabiendo poco a poco. Ahora bien, aunque no estaba muy claro lo que eso significaba, sí sabíamos que había peligro de deportación.

¿Y cómo interpretaban ese peligro?
Las autoridades decían que se llevaban a la gente hacia Polonia para que trabajasen en las fábricas porque los hombres estaban en el frente, pero también se llevaban a los enfermos, a los ancianos y a los niños y nadie se lo creía. Se ignoraba el lugar al que los llevaban y cuál era su suerte, pero se sabía que los que se iban no volvían y, por lo tanto, lo más importante era evitar la deportación.

Muchos de sus familiares fueron ejecutados. ¿Cómo lo recuerda?
De los parientes que teníamos en Austria y Polonia desaparecieron o fueron asesinadas más de 100 personas, aunque no lo supimos hasta después de la Guerra. Y de los parientes de Hungría (su padre nació en ese país), unos 50.

¿Cómo fue la vida sin su padre?
Estuvimos separados siete años (entre 1940 y 1947) y, pese a que en un principio hubo contacto, éste se perdió después. Durante muchos años no hubo modo de mandarle cartas. Especialmente durante los diez meses del Holocausto en Hungría, estuvimos sin saber unos de otros. Fue muy angustioso.

En Budapest, ustedes se salvaron gracias a una de las llamadas "casas españolas". ¿Cómo sucedió?

Los nazis construyeron un gueto en la capital para encerrar a los judíos y poderlos deportar más fácilmente (en Budapest había 200.000 judíos, el 20% de su población) y todos nuestros esfuerzos iban encaminados a no ir allí. A semejanza de lo que habían hecho otras naciones neutrales, el encargado de negocios español -Ángel Sanz-Briz- empezó a extender certificados o cartas de protección y, como mi padre vivía en Barcelona, nos lo dio. Alquiló cuatro edificios y metió en ellos a todos sus judíos protegidos (cerca de 2.000). En nuestro caso, vivíamos 51 personas en dos habitaciones, con un solo cuarto de baño, también habitado. Hay que dejar claro que lo hizo todo por iniciativa propia, sin ningún tipo de orden del régimen franquista. Con el tiempo se tuvo que ir por la cercanía de las tropas soviéticas, pero un colaborador -Giorgio Perlasca- siguió su labor. Entre los dos salvaron a 5.200 judíos. Por otra parte, a los alemanes no les dio tiempo a deportar a todos los del gueto. Al final de la Guerra, en Budapest habían sobrevivido 100.000 judíos, la mitad. En las provincias, en cambio, perecieron casi todos.

Casi siete décadas después, y en respuesta a una de las preguntas que plantea la exposición de Sos Racismo, ¿cree que podría volver a ocurrir algo como aquello? ¿Un nuevo Holocausto?
Estoy convencido de que sí. He sido profesor, entre otras cosas de Historia, y mi convicción es que cualquier cosa que ha sucedido una vez puede volver a suceder. Desgraciadamente, la gente no aprende de la Historia. Durante mucho tiempo se ha pensado, especialmente desde la Ilustración, que el progreso consiste en la cultivación de la gente, en difundir la cultura, etcétera, y que eso a la larga salvaría a la Humanidad de la barbarie. El siglo XX demostró que eso no es cierto, porque Alemania y Austria eran de los países más cultos de Europa. Y allí pasaron las mayores barbaridades basándose en el racismo. Yo siempre he sostenido que la cultura no es ninguna salvaguardia contra la barbarie.

¿Y cómo se puede luchar contra ello? ¿Qué medidas sí son eficaces?
Hay que luchar contra esto empezando por los niños. Educándoles en el respeto al prójimo, a la diversidad, a la pluralidad. Pero todo lo que ha pasado una vez puede volver a suceder. A veces se llama racismo, otras veces otra cosa. Cualquier fanatismo y cualquier verdad única es nociva para la Humanidad.

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  • Jaime Vandor. Pijama marradunik ez
  • Ez zen kontzentrazio esparruetan egon, ez zuen pijama marradunik jantzi, baina nazien jazarpena ezagutu zuen, eta holokaustoari ihes egin zion Jaime Vandorrek. «Basakeria» hura azaldu du Donostian.
  • Berria, 2009-11-11 # Mikel Peruarena . Donostia
Alemaniatik etorritako maisua da heriotza azulak dira haren begiak / zauritzen zaitu berunezko bala batekin». Paul Celan poetaren Todesfuge (Heriotzaren fuga) datorkio gogora Jaime Vandorri. Nazien holokaustoan bizirik iraun zuten juduetako bat da Vandor, bizirik dauden azkenetakoa: «Gero eta gutxiago gelditzen gara, bai». Theodor Adornoren esaldiari -«Auschwitzen ondoren, ezin da poesiarik idatzi»- «txorakeria» deritzo: «Beti egon dira krudelkeriak eta basakeriak, eta beti idatzi ahal izango da poesia. Homerok esan zuen: jainkoek zoritxarrak igortzen dizkiete izakiei, etorkizuneko belaunaldiek poemak idatz ditzatzen». Zoritxar ez gutxi ikusitakoa da; poesia idazten du, haatik. Eta gaztaroan ikusitako basakerien berri emateak laguntzen dio irauten.

Horretara etorri da Donostiara, SOS Arrazakeriaren eskutik. Hitzaldia eman zuen atzo iluntzean: Haurtzaro judu bat alemanek okupaturiko Budapesten. Lehen pertsonan eman ere. Hamaika urte zituen Vandorrek 1944an, soldadu naziak bere sorterrian, Vienan, sartu zirenean. Ordurako, aita Espainiara joana zuten, «lehen gerlan oso gaizki pasa zuelako; hiru urte egin zituen Siberian preso». Aitak ahaleginak egin zituen Espainian familia batzeko. Alemaniarrak Austrian sartu orduko, baina, Hungariara alde egin behar izan zuten Jaime Vandorrek, haren anaiak eta bien amak. Hungarian ere baldintza gogorrak aurkitu zituzten: juduak ghettoetan biltzen hasiak ziren, Alemaniara deportatzeko; izarra paparrean jarrita ibiltzera behartzen zituzten...

«Hungariako probintzietako judu guztiak deportatu zituzten, 550.000 edo 600.000, zazpi astean. Haietako oso gutxi itzuli ziren. Gure aitaren sorterrian ziren hamalau senide, eta hamairu ez ziren sekula itzuli». Vandorri ahotsa kraskatzen zaio, tarteka, oroitzapenak berritzean. Zortea izan zuten, hala ere. Espainiako eta beste herrialde neutral batzuetako enbaxadak «babes gutunak» ematen hasi ziren juduei. Angel Sanz Briz espainiarra eta Georgio Perlasca italiarra ez ditu berehala ahaztuko Vandorrek. Bien artean 5.200 judu salbatu zituzten. Gutuna lortzen zutenak enbaxadaren hegalpera sartzen ziren, Sanz Brizek edo Perlascak alokatutako etxeetan. Baldintzak ez ziren onenak etxe haietan: 51 lagun bi gelatan, bata bestearen gainean lo eginez, jatekoa urri, hotza nabarmen... Ghettoan metatuta egotea baino hobea zen, hala ere; noiz deportatuko, noiz fusilatuko zain egotea baino hobea. Pijama marradunik gabe ere, kontzentrazio esparruetatik kanpo ere, lanbide nekeza zen irautea.

Errusiarrak sartu ziren Budapesten, 1945eko urtarrilean. Lehen astea ez zen askoz hobea izan: «Lapurretak, bortxaketak... bospasei egunez. Barrenak husten utzi zieten soldaduei». Gerla bukatu bai, bukatu zen, udaberri hartan bertan. Aitarekin Bartzelonan bildu zirenerako, ordea, ia bi urte igaro ziren. Bartzelonan egonkortu ziren, han egin zituen unibertsitateko ikasketak Vandorrek, eta han aritu da irakasletzan, eta juduen holokaustoaren berri ematen: «Holokaustoak aurpegi asko ditu. Guztira 11 milioi pertsona hil zituzten: arerio politikoak, homosexualak, elbarri psikikoak, Espainiako errepublikanoak... Zati txiki bat hil ziren kontzentrazio esparruetan». Lur azpiko meategietan edo lantokietan esklabo gisa, fusilatuta, sinagogetan erreta... Sei bat milioi judu hil ziren. Holokaustoa zer izan zen kontatu beharra sentitzen du Vandorrek: «Ez da nahikoa datuak ezagutzearekin, hausnartu egin behar da hartaz. Hezi behar dira haurrak eta gazteak tolerantziarako eta aniztasunerako».

Historiaren gurpilari «adi»
Izan ere, «genozidioak etengabe gertatzen dira», hala dio Vandorrek: Balkanak, armeniarrak... «Sinesten dut historian behin gertatu dena errepika litekeela». Historia, gurpil hori. Ilustrazioak ekarri zuen garapenaren ideia, XVIII. mendean, eta kulturarekin basakeria bukatuko zela pentsatu zen: «Garapenaren ideia horrek mugitu du dena XIX. eta XX. mendeetan, historiako menderik lazgarrienetan. Kultura ez da basakeriaren aurkako babesa. Konponbidea ez dago kulturan; hezkuntzan baizik». Horretan saiatu da Vandor 45 urtez eta, erretiroa hartu duen arren, ezin da gelditu. Biraka jarraitzen du gurpilak: «Adi egon behar da beti; izakien izaeraren berezko osagarria da gaizkia. Guztiok gara basakeria bat egiteko gai. Horregatik, norberarengandik hasi behar da».
  • Nortasun agiria
  • Jaiotza. Vienan (Austria) sortu zen Jaime Vandor, 1933an. Ama austriarra zuen, eta aita, hungariarra; juduak ziren biak.
  • Ihesaldia. 1944an, naziengandik ihesi, Budapestera (Hungaria) jo zuten Jaime Vandorrek, haren anaiak eta bien amak. Aita Espainiara joana zen ordurako.
  • Elkartzea. 1947an batu zen familia, Bartzelonan (Herrialde Katalanak).
  • Unibertsitatea. Bartzelonan egin zituen ikasketak, eta han egin zuen doktoretza, Filosofia eta Letretan. 45 urtez irakasle izan da Bartzelonako Unibertsitatean, eta erretiratu berri da.

2009/11/08

091108 . ELKARTASUN INTERSEXUALA

  • La voz de la ambigüedad
  • "El orden social norma una correspondencia perfecta entre sexo, género y deseo"
  • El Telégrafo, 2008-04-20 # Elizabeth Vásquez
En las mejores óperas, los contratenores rivalizan con sus compañeras contraltos, y se disputan las mismas partituras. Capaces de alcanzar agudos “femeninos” con simultánea textura “masculina”, sus voces se sitúan en el peculiar registro fonético en el que los sexos se (con)funden. Excepcionalmente, en un mundo en que a los cuerpos de macho se les viste con el ropaje de “hombre” y se les enseña a hablar el lenguaje rígido de la masculinidad, los contratenores exploran la experiencia de la ambigüedad sexual, performática y musical, aunque sólo sea por el tiempo que dura un libreto.

Al salir de la ópera, regresan al mundo binario de los sexos diferenciados: cuerpos y voces que actúan y suenan de un modo u otro según su pertenencia, supuestamente inequívoca, a uno de dos sexos-géneros. A la cuenta, un libreto más. Pero la ópera es uno entre pocos escenarios occidentales clásicos en que la ambigüedad sexual no sólo no es castigada, sino que, incluso, ocupa el rango cultural de “la rara belleza”. Sin embargo, hay un hecho que es poco conocido: muchos contratenores son intersex.

Específicamente, son XXY: una realidad genética que se expresa en un canon corporal adulto con ciertos rasgos masculinos, como pene y estatura de varón; otros femeninos, como caderas, senos y rostro imberbe; y otros sui generis, como un ritmo de envejecimiento (envidiablemente) más lento que el “normal”. A este conjunto de características, la medicina lo denomina “síndrome de Klinefelter”. Y a la “X” que “sobra” -y que causa el “síndrome”- se la denomina “aberración cromosómica”.

Lo curioso es que la llamada “aberración” es precisamente la que dota a l@s intersex de su prodigiosa voz. El orden social norma una correspondencia perfecta entre el sexo, el género y el deseo: macho-hombre-masculino-heterosexual se atrae y se aparea con hembra-mujer-femenina-heterosexual. El hetero-patriarcado se asienta sobre la base material de unos cuerpos supuestamente estáticos, nítidamente definidos, sobre los que se instalan las prácticas del control sexual como “naturales” y “normales”.

Entonces llegan estos cuerpos disidentes, no alineados, y anticipan aún otras posibilidades “trans” en el género y en el deseo. Su ambigüedad desestabiliza el orden binario, y, por lo tanto, es preciso patologizarla, para luego corregirla a punta de bisturí y hormona. A muchos XXY se les administra testosterona en la adolescencia a fin de evitar el desarrollo de características sexuales femeninas y acentuar las masculinas.

En el proceso, se provoca el agravamiento de la voz; sí, esa voz del principio de esta historia. Finalmente, más vale “normal” que “fenomenal”, por mucho que pierda la ópera. Sin embargo, son demasiadas las existencias que quedan en el incómodo (no) lugar de la ambigüedad sexual. Tarde o temprano, su potencial emancipatorio encuentra otra voz –esta vez política- que articula su rechazo a la normalización y afirma la existencia diversa y la travesía infinita de la identidad como opciones éticas de la experiencia humana. En la voz de la ambigüedad, hay una rara belleza.

091108 . ¡FUERA CRUCIFIJOS!


2009-11-07 | BERMEO | DV . Foto REUTERS
Este señor se presentó así en la concentración de Bermeo para pedir la liberación de la tripulación del Alakrana.
  • ¡Fuera crucifijos!
  • Sin Permiso, 2009-11-08 # Dario Fo . Escritor y dramaturgo revolucionario italiano, Premio Nóbel de literatura en 1998 / Trad. Leonor Març
El fallo del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo ha causado un gran escándalo al admitir la denuncia de una ciudadana italiana y declarar la presencia de crucifijos en las aulas escolares como un atentado contra la libertad de los padres para educar a sus hijos con arreglo a sus convicciones, y contra la libertad de religión de los propios alumnos. Los católicos apostólicos romanos hacen grandes protestas de escándalo. No a los cristianos. Porque también hay cristianos que no son apostólicos romanos, y no consideran que el símbolo de la cruz sea su valor esencial. Y ni que decir tiene, el fallo del tribunal europeo dista de ser ofensivo para quienes son ateos y no tienen religión, como yo. Tampoco me parece ofensivo para quienes profesan otra religión.

Lo extraordinario de esta sentencia destinada a provocar no sólo escándalo, sino también debate y enfrentamiento, es que irrumpe en la pantalla plana de una realidad italiana que vive ―¿vivirá?― inveteradamente a la sombra del poder de la Iglesia romana. Visto así, la sentencia es una crítica profunda a su símbolo por excelencia, la cruz. Una simbología impuesta, colgada en todos los colegios, hospitales y oficinas como seña de identidad de nuestra cultura. Una omnívora cultura de estado. Y los católicos no renunciarán fácilmente a la idea de que son los gestores de la religión de estado.

Pero el tribunal europeo ha añadido, y no por acaso, que los alumnos de todas las edades pueden interpretar fácilmente la presencia de los crucifijos en las aulas como un evidente símbolo religioso, y que, por lo mismo, podría condicionarles: aunque es un estímulo para los niños ya católicos, puede ser un condicionamiento y un trastorno para los de otras religiones y para los ateos.

Estalla la ira del Vaticano, el gobierno de centroderecha acusa, la oposición democrática balbucea («es una cuestión de cultura, de tradición»). Muy bien; abramos, pues, el libro negro de esa cultura y de esa tradición. El catolicismo de la Iglesia romana esconde, tras un crucifijo interpretado como redención, una cultura y una historia de violencias, atropellos y guerras. En nombre de la cruz se han cometido grandes fechorías, cruzadas, inquisiciones, el saqueo y las matanzas del Nuevo Mundo, la bendición de los imperios y de los hombres de la providencia. Sin olvidar que, hasta el siglo XIX, el catolicismo prohibió traducir la Biblia y los Evangelios a la lengua vulgar.

En nombre de ese «símbolo» se han cometido los crímenes más atroces. Y se siguen cometiendo con las prohibiciones contra el derecho de los hombres a administrar el conocimiento y la libertad individual y sexual. Si es «nuestra cultura», según declaran al alimón la intrépida ministra Gelmini y el «pontífice» Buttiglione, quien, encima, califica de «aberrante» la sentencia de Estrasburgo, ¿por qué no hablamos del lado oscuro de la cruz como simbología de poder? Pero es como si siguiéramos diciendo: el espacio de lo visible, de la iconografía cotidiana de la realidad, es mío, lo manejo yo y pongo en él los emblemas que yo quiero. Ahí está el error.

La Conferencia Episcopal se desgañita: la sentencia es «ideológica». Que nos hable de la violencia en la cultura histórica de la Iglesia romana apostólica, de las hogueras contra la razón herética que por sí sola hizo avanzar a la humanidad. Si lo que se quiere defender es su origen salvador para todos, entonces hay que aceptarlo y adaptarlo al presente, porque al principio no era más que un signo para identificar los lugares clandestinos de oración y culto; no un símbolo impuesto, que podría valer por un ritual de muerte, hostil a los demás, a las otras culturas, historias y religiones.

Ojalá la realidad que nos rodea, y por lo pronto, la realidad formativa de la escuela, vuelva a ser un espacio creativo, libre de religiones, incapaz de imponer a nadie las obligaciones opresivas dimanantes de los valores ajenos.

2009/11/07

091107 . MUROS INFRANQUEABLES

  • Muros infranqueables
  • Son el perfecto paradigma de lo que la humanidad no quiere ni oír hablar, o sea de la igualdad
  • El País, 2009-11-07 # Nicole Muchnik . Periodista y pintora
Hay para todos los gustos. De hormigón, de rejas, con o sin alambradas de púas, de alambradas simples, de arena, con o sin radar, con nombre de zona tampón o no man's land; y hasta virtuales, último grito de la moda en esta institución que parece ir de la mano de la globalización. Son los muros, erigidos para dividir, para impedir migraciones, para proteger a quienes tienen algo que proteger. Muros entre países, dentro de un mismo país, cruzando ciudades para aislar barrios enteros, comunidades; muros en el desierto, o muros y barreras infranqueables en torno a moradas o grupos de moradas privilegiadas como en Estados Unidos, en Israel, pronto en Europa.

Después de 1989 y la caída del muro de Berlín, se habría dicho que ya nunca más habría esas cosas y que podíamos olvidarnos de las que todavía existían. Pero el censo realizado por el geógrafo Michel Foucher, publicado en La Presse de Montreal, Canadá, ya no permite no saber. En el mundo existen actualmente 17 muros o barreras infranqueables entre países por un total de 7.500 kilómetros, aunque llegarán a alcanzar los 18.000 kilómetros cuando estén terminados.

"Nunca, desde la Edad Media, ha habido tanta demanda de muros", escribe el diario británico The Guardian refiriéndose a los antiguos guetos y demás fantasías. Y afirma Michel Foucher: "Hoy se han endurecido las prácticas fronterizas".

Todos tienen presente el muro que separa Israel de Palestina, cuya sola sección cisjordana le cuesta al Gobierno israelí más de un millón de dólares por kilómetro. Está fortificado por paredes de hormigón de ocho metros, con torres de control cada 300 metros, y está bordeado por zanjas de dos metros de profundidad, alambradas de púas y carreteras. Es un muro que satisface medidas de seguridad pero que, de hecho, ha permitido la anexión de tierras palestinas. Un muro de la vergüenza condenado por la Corte Internacional de Justicia, que ondula sobre las colinas cisjordanas fuera del trazado oficial de la frontera y revela la voluntad de imponer un nuevo mapa político de los dos países.

A pocos kilómetros de San Diego, a caballo sobre la frontera entre México y Estados Unidos, existía un Friendship Park, Parque de la Amistad, con sus mesas de pic-nic, algunos viejos robles y una vista impresionante sobre el Pacífico. Símbolo de paz y fraternidad entre los pueblos, el parque fue inaugurado en 1972 por Pat Nixon, quien pidió que se cortara la alambrada que marcaba la línea fronteriza. Los mexicanos emigrados podían encontrarse allí con sus familias de México por el tiempo de un almuerzo o una conversación. Hoy el Friendship Parkestá clausurado. Grúas y tractores erigen en su lugar tres muros paralelos de cinco metros de altura. Sólo se acercan unos pocos manifestantes y algunas familias para "conversar silenciosamente" mediante signos con grupos del otro lado a 300 metros de distancia. Para ello se sirven de gemelos, y se traducen los "signos" a las familias.

El muro de Melilla es uno de los más jóvenes. En 2005, para poner freno al flujo migratorio de África a Europa, la alambrada fue duplicada, aumentada hasta los seis metros y complementada con madejas de alambre de púas entre las dos paredes. Vaya uno a saber a qué cabeza enfermiza se le ocurrió poner "concertinas" -que fueron afortunadamente eliminadas en 2007-, o sea cuchillas, en la parte superior del vallado interior que separa Melilla de Marruecos y que ocasionaba terribles heridas.

Paradójicamente, uno de los muros más caros está hecho de arena. Es la Gran Muralla de Marruecos, alzada en el desierto en el año 1980 para impedir las incursiones del Frente Polisario, que reclama parte del territorio. Dos filas de terraplenes de arena a lo largo de 2.720 kilómetros, reforzadas con controles militares, minas y alambradas. Hacen falta cerca de 120.000 soldados para custodiar esta barrera de arena, cuyo mantenimiento cuesta dos millones de dólares por año.

Uno de los reinos más ricos del mundo está confinado dentro de sus propios muros. Por temor a los terroristas del Yemen en el sur, y miedo de Irak en el norte, Arabia Saudí edifica, desde 2007, la barrera más moderna a lo largo de su frontera con Irak. Estará dotada de un sofisticado sistema de vigilancia por radar, capaz de captar toda intrusión por tierra, mar o aire a lo largo de sus 5.000 kilómetros, y costará alrededor de 10.000 millones de dólares.

Y luego está Chipre. Desde que el general Young trazara en el mapa su famosa línea verde que divide la isla y la capital. Hoy, esta línea de 180 kilómetros está patrullada por cascos azules de la ONU, es infranqueable e impide toda relación normal entre chipriotas turcos y chipriotas griegos. Todo no está perdido, sin embargo, porque, como en Israel, se habla con entusiasmo de negociaciones.

Y están también las ciudades como Bagdad, cuyos habitantes nunca quisieron un muro pero que tienen varios, erigidos por el Ejército de Estados Unidos para dividir las comunidades chiitas de las sunitas.

En esta categoría de muros interiores, hay que citar la de la ciudad de Padua, en Italia, alzada para aislar un barrio de inmigrantes africanos. Y también los proyectados para Río de Janeiro en torno a ciertas favelas.

En Belfast, supuestamente pacificada, hay por lo menos 88 muros de paz que desarticulan la ciudad, muros que ni los católicos ni los protestantes quieren derribar, porque el miedo subsiste.

Se aducen a veces los pretextos más originales, como el que esgrime Botsuana para instalar una barrera electrizada que impida el paso de un ganado supuestamente enfermo de fiebre aftosa proveniente de Zimbabue. Nada se dice de los miles de emigrantes que intentan pasar a una Botsuana más rica.

Evidentemente, uno piensa en esos miles de familias divididas, o simplemente imposibilitadas de toda relación humana normal con sus vecinos. ¿Qué decir de las familias guetizadas voluntariamente por miedo a los ladrones, los terroristas, los jóvenes, en fin, la gente del planeta? Es el caso de miles de ricos, jubilados o no, de las gated communities, comunidades cerradas, en Estados Unidos, concebidas para preservar un tren de vida que podría herir la sensibilidad de los habitantes de los barrios más problemáticos que los rodean. Hay más de un centenar en torno a Los Ángeles, vigilados las 24 horas del día.

Por cierto, el mercado de muros está en plena expansión, codiciado por las mayores fábricas de armas del mundo. Los contratos son por miles de millones e incluyen las técnicas más refinadas. El año pasado, Boeing construyó una barrera virtual de 45 kilómetros entre México y Arizona; no es un muro físico pero reúne las condiciones de un muro, mediante sensores térmicos, detectores de movimiento y radares de vigilancia. Uno piensa en Plan de evasión, de Bioy Casares. Según el investigador Julián Saada, de Montreal, "la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos estima que el costo de asegurar las fronteras, entre hoy y 2015, será de 178.000 millones de dólares". Quizás lo uno explique lo otro...

Sin embargo, la suma parece muy grande... por poca cosa, puesto que los inmigrantes siguen inmigrando y los terroristas y delincuentes de todo tipo no cesan de perfeccionar sus propias técnicas.

Vistos así, esos muros son el perfecto paradigma de lo que la humanidad no quiere ni oír mencionar, o sea la igualdad. Con la excepción del frío terrorismo fundamentalista, siempre se trata de proteger esos continentes, países, comunidades, barrios, o familias que "poseen más" contra los que "poseen menos".

"Las desigualdades no son sólo las del ámbito del dinero, sino las del riesgo, el cuidado, la felicidad, la libertad de pensar y de actuar. El abanico de posibilidades de acción en el que se basa una vida humana", como escribe el filósofo Yves Michaud. "Hay gente que no tiene idea de que otra vida sea posible".

2009/11/02

091102 . LESBIANAS Y GAYS DISCRIMINAN A TRANSEXUALES


  • Lesbianas y gays discriminan a transexuales
  • Columna Digital, 2009-11-02 # Rolando Jiménez . Presidente del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh) y director de la Asociación Chilena de Organismos no Gubernamentales ACCION. Coordinador en Chile de la Red de Minorías Sexuales del Mercosur.
Cuando se habla de la discriminación padecida por transexuales, muy pocos toman el peso a esta nociva realidad. Hemos denunciado, una y otra vez, que las personas transexuales sufren desde la infancia la incomprensión de sus familias, luego el bullying y las expulsiones de los colegios, y más tarde el despido laboral, las detenciones arbitrarias y los asesinatos sólo por tener una identidad de género diversa.

Los brutales casos denunciados de poco y nada han servido para sensibilizar y educar a la sociedad como conjunto sobre la realidad transexual, a diferencia de la apertura en aumento registrada en relación a lesbianas y gays.

¿Por qué con la población transexual la merma de la discriminación ha sido más difícil?. Muchas son las razones, pero parto señalando que una muestra indiscutible de esta lamentable situación son las exclusiones que una buena parte de lesbianas y gays hacen vivir a transexuales. De hecho, en muchas discotecas gays y lésbicas se impide u obstaculiza el ingreso de transexuales, siendo entonces estas personas discriminadas incluso por los discriminados con quienes comparten similares fenómenos de atropellos y son parte de una misma población, la de la diversidad sexual.

En innumerables ocasiones he escuchado a lesbianas, y en mayor cantidad a gays, decir que una de las razones por las cuales no se suman a eventos masivos contra la discriminación organizados por el movimiento de la diversidad sexual, es la asistencia de transexuales, lo cual, a su juicio, desprestigia a todas las minoría sexuales. ¡Que barbaridad!

La ignorancia, y la nefasta pereza para salir de ella, es en realidad la principal razón porque lesbianas y gays, así como el conjunto de la sociedad y el Estado niegan segundo a segundo la más mínima igualdad de derechos a los y las transexuales, a un punto que nuestro Poder Judicial obstaculiza que estas personas sean identificadas en su cédula de identidad con el nombre y el sexo del cual son parte.

Una ignorancia de la que no es ajena gran parte del movimiento de la diversidad sexual, en especial en los inicios de este tipo de organizaciones. Sin ir más lejos, cuando fundamos el Movilh en 1991, la transexualidad era por nosotros mismos poco y nada conocida. De hecho, nuestro movimiento se llama Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh) y en su nombre dejó afuera a transexuales.

¿El motivo? Es más vergonzoso, se creía por gran parte de los activistas, y aún por la casi totalidad de los chilenos y chilenas, que las personas transexuales eran simplemente homosexuales que se vestían con ropas de sexo distinto al de sus genitales. Más aún, y por falta de igualdad oportunidades y de acceso igualitario a la información, muchos y muchas transexuales tienen igual confusión sobre sí mismos/as.

Fue la incorporación de transexuales a nuestros movimientos, y a tantos otros, lo que nos permitió ir comprendiendo que la transexualidad no tenia relación con ser homosexual, bisexual o heterosexual. La transexualidad es simplemente nacer en un cuerpo equivocado al sexo (hombre o mujer) con el cual la persona se siente parte, pudiéndose tener una orientación lésbica, gay o heterosexual.

En el activismo lésbico, gay, bisexual y transexual (LGBT) ello ya se ha comprendido ampliamente. Nuestra organización por ejemplo, ha agregado a su sigla la oración “movimiento de la diversidad sexual” y desarrollado intensas campañas para que a transexuales se les reconozca, sin medias tintas, su condición de hombre y mujer, según sea el caso.

Pero este esfuerzo se topa con obstáculos en los mismos gays y lesbianas, e incluso en el mundo feminista que en más de una oportunidad ha impedido la participación de mujeres transexuales en sus actividades porque, por ignorancia y discriminación, no las consideran parte de su mismo sexo.

La prensa chilena, en tanto, ha avanzado, pero de una manera muy lenta y contradictoria, a diferencia del tratamiento dado a lesbianas y gays. A una mujer transexual se le sigue identificando como hombre y a un hombre transexual como mujer, haciendo valer la legalidad de un nombre no elegido por estas personas y obviando lo indicado por todos los estudios científicos que han abordado la transexualidad. Pero aún, obviando el sufrimiento que ya tiene una persona por haber nacido en un cuerpo equivocado.

Y aquí es donde es importante el ejemplo que los propios gays y lesbianas deben dar. Reconocer y comprender otras diferencias y solidarizar con la igualdad de derechos para transexuales.

Y es que, en términos prácticos, sí un gay y lesbiana apela a la no discriminación, no puede experimentar el mismo error que otros han cometido con nosotros mismos, donde se validan unas formas de exclusión, y por conveniencia o egoísmo, sólo las que personalmente me afectan se consideran dignas de enfrentar.

2009/11/01

091101 . HOMBRES, MUJERES, JEFES

  • “Hombres, mujeres, jefes”
  • Tristes trópicos / C. Lévi-Strauss. – Buenos Aires: EUDEBA, 1976. – p. 310-312
[...] Muchas veces he hecho alusión a las mujeres del jefe, a poligamia, que es prácticamente su privilegio, constituye la compensación moral y sentimental de sus pesadas obligaciones, al mismo tiempo que le proporciona un medio para cumplirlas. Salvo raras excepciones, sólo el jefe y el brujo (cuando estas funciones se reparten entre dos individuos) pueden tener varias mujeres. Pero aquí se trata de un tipo de poligamia bastante especial. En lugar de un matrimonio plural en el sentido propio del término, se tiene más bien un matrimonio monogámico al que se agregan relaciones de naturaleza diferente. La primera mujer desempeña el papel habitual de la mujer monógama en los matrimonios ordinarios. Se conforma a los usos de la división del trabajo entre los sexos, cuida los niños, se ocupa de la cocina y recoge los productos salvajes. Las uniones posteriores, si bien son reconocidas como matrimonios, son de otro orden. Las mujeres secundarias pertenecen a una generación más joven. La primera mujer les llama “hijas” o “sobrinas”. Además, no obedecen a las reglas de división sexual del trabajo sino que participan indistintamente de las ocupaciones masculinas o femeninas.

En el campo, desdeñan los trabajos domésticos y permanecen ociosas, ya jugando con los niños, que de hecho son de su generación, ya acariciando a su marido; mientras tanto la primera mujer se afana alrededor del hogar y la cocina. Pero cuando el jefe parte en expedición de caza o de exploración –o a cualquier otra empresa masculina–, sus mujeres secundarias lo acompañan y le prestan asistencia física y moral. Esas muchachas con aspecto de jovencitas, elegidas entre las más bonitas y sanas del grupo, son para el jefe, amantes más que esposas. Vive con ella en una camaradería amorosa que presenta un notable contraste con la atmósfera conyugal de la primer unión.

Los hombres y las mujeres no se bañan al mismo tiempo, pero a menudo se ve al marido y sus mujeres poligámicas tomar un baño juntos, pretexto para grandes batallas acuáticas, pruebas e innumerables gracias. A la noche, juega con ellas, ya sea amorosamente –revolcándose en la arena, abrazados de a dos, tres o cuatro– ya de manera pueril –por ejemplo, el jefe wakletoçu y sus dos mujeres más jóvenes, extendidos sobre la espalda, formando sobre el suelo una estrella de tres puntas, levantan sus pies en el aire y los hacen chocar mutuamente, planta contra planta, a un ritmo regular.

La unión poligámica se presenta, de esa manera, como superposición de una forma pluralista de camaradería amorosa y del matrimonio monogámico; al mismo tiempo, es un atributo del mando, dotado de un valor funcional, tanto desde el punto de vista económico como psicológico. Las mujeres viven habitualmente en muy buena relación, y aunque la suerte de la primera parezca a veces ingrata (trabaja mientras oye a su lado las carcajadas de su marido y de sus pequeñas amantes, y hasta asiste a los más tiernos retozos) no manifiesta mal humor. Esta distribución de los papeles no es, en efecto, ni inmutable ni rigurosa, y a veces, aunque con menos frecuencias, el marido y su primera mujer también juegan; ella no está de ninguna manera excluida de la vida alegre. Además, su menor participación en las relaciones de camaradería amorosa está compensada por una mayor respetabilidad y cierta autoridad sobre sus jóvenes compañeras.

Este sistema implica graves consecuencias para la vida del grupo. Al retirar periódicamente jóvenes mujeres del ciclo regular de los matrimonios, el jefe provoca un desequilibrio entre el número de muchachos y muchachas en edad matrimonial. Los hombres jóvenes son las víctimas principales de esta situación y se ven condenados a permanecer solteros durante muchos años, o a desposar viudas o mujeres viejas repudiadas por sus maridos. Los nambiquara resuelven entonces el problema de otra manera: mediante las relaciones homosexuales, que llaman poéticamente tamindige kihandige, es decir, “el amor mentira”. Esas relaciones son frecuentes entre los jóvenes y se desarrollan con una publicidad mucho mayor que las relaciones normales.

Los participantes no se retiran al matorral como los adultos del sexo opuesto. Se instalan cerca de una de las fogatas del campamento bajo la mirada divertida de los vecinos. El incidente da lugar a bromas, generalmente discretas. Esas relaciones son consideradas infantiles y casi no se les presta atención. Queda por saber si esos ejercicios van hasta la satisfacción completa o si se limitan a efusividades sentimentales acompañadas de juegos eróticos, tales como los que caracterizan, en amplia medida, las relaciones entre cónyuges.

Las relaciones homosexuales sólo son permitidas entre adolescentes que se encuentran en la relación de primos cruzados, es decir en las que uno de ellos está normalmente destinado a ser el esposo de la hermana del otro, a la que, por lo tanto, el hermano sirve provisionalmente de sustituto. Cuando uno pregunta a un indígena acerca de los contactos de ese tipo; la respuesta es siempre la misma: “Son primos (o cuñados) que se hacen el amor”. En la edad adulta, los cuñados siguen manifestando una gran libertad. No es raro ver dos o tres hombres, casados y padres de familia, paseándose por la noche, tiernamente abrazados.

Sea lo que fuere con respecto a estas soluciones de reemplazo, el privilegio poligámico que los hace necesarios representa una concesión importante que el grupo hace a su jefe. ¿Qué significación tiene para este último? El acceso a jóvenes y lindas muchachas le ocasiona una satisfacción no tanto física (por razones ya expuestas) como sentimental. Sobre todo, el matrimonio poligámico y sus atributos específicos constituyen el medio puesto por el grupo a disposición del jefe para ayudarlo a cumplir sus deberes. Si estuviera solo, difícilmente podría hacer más que los otros. Sus mujeres secundarias, liberadas de los servicios propios de su sexo por status particular, le prestan asistencia y lo confortan. Ellas son la recompensa del poder y al mismo tiempo su instrumento [...].

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2009/10/23

091023 . CURARSE EN SALUD

  • Curarse en salud
  • Mientras exista la obligación de asumirse como persona enferma para acceder a los derechos elementales, la marginación seguirá siendo una constante para las personas trans. Hoy por hoy, “el estar atrapado en un cuerpo equivocado” son las palabras que médicos, funcionarios y jueces quieren escuchar para permitir, por ejemplo, un cambio de nombre. Argentina forma parte de una campaña internacional que exige retirar a la transexualidad de los catálogos de enfermedades. Soy presenció el debate que se realizó en la Legislatura porteña y recogió los testimonios que dan cuenta de la vida cotidiana de un hombre y una mujer trans en este mundo tan pero tan sano.
  • Página 12, Soy, 2009-10-23 # Ariel Alvarez
”La transfobia nos enferma.” Con esta frase finaliza el Manifiesto de Stop Trans Pathologization 2012, la campaña internacional por la despatologización de las identidades trans y su retirada de los catálogos internacionales de enfermedades. Siguiendo con esta iniciativa, el pasado 17 de octubre, en más de 35 ciudades del mundo se llevaron a cabo numerosos actos. La Argentina se sumó al proyecto a través de la charla debate “Otro mundo es posible. Para terminar con la patologización de la transexualidad”, que se realizó en la Legislatura porteña, en donde además se debatió sobre la situación por la que atraviesan lxs ciudadanxs trans, que deben asumirse como enfermxs para acceder a sus derechos.

El panel estuvo integrado por Diana Maffía (legisladora de la Ciudad de Buenos Aires), Marlene Wayar (directora de Futuro Transgenérico y de la revista El Teje), Irene Meler (psicoanalista, coordinadora del Foro Psicoanálisis y Género) y Alfredo Grande (director honorario de Atico).

Lohana Berkins (coordinadora general de Alitt, Asociación de Lucha por la Identidad Travesti Transexual), abrió el debate: “Dicen que la sociedad cambió, o que está cambiando; yo no lo creo. Lxs que cambiamos somos nosotrxs y empezamos a cuestionar, a debatir, a dudar de los discursos de control que nos tratan de enfermxs”.

La enfermedad imaginaria
En la actualidad, la transexualidad es considerada como un “trastorno de identidad sexual o de género”. Esta clasificación figura en el DSM-IV (Manual Diagnóstico y Estadístico de Enfermedades Mentales de la Asociación de Psiquiatría Norteamericana) y en el CIE-10 (Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud). La versión revisada de estos catálogos aparecerá en 2012 y 2014, respectivamente. Dichos documentos son los que guían a los psiquiatras y médicos de todo el mundo en el momento de establecer sus diagnósticos. La principal acción que la campaña STP-2012 viene realizando desde el año 2007 es que se retire el estatuto de patología mental a la transexualidad, junto a otras medidas revolucionarias, como que se elimine la identificación de sexo en los documentos de identidad.

Al tratar como trastorno a la transexualidad, el Estado, a través de las instituciones médicas, ejerce el control sobre las identidades de género. La práctica de dicho control responde a intereses religiosos, económicos y políticos. Este fue uno de los puntos clave del encuentro realizado en la Legislatura porteña.

La legisladora Diana Maffía lleva varios años trabajando sobre el tema de las sexualidades alternativas, y es autora del libro Sexualidades migrantes. Género y transgénero (2003, editorial Feminaria): “La cuestión central es pensar políticas que se dediquen a resolver las cuestiones de todas las personas y que no sólo queden enmarcadas en el ámbito de lo judicial. Cuando el Estado te patologiza, te saca tu autonomía y los que deciden qué se hace con tu persona son el médico, el psiquiatra, el juez. Por ejemplo, la ley de ejercicio de la medicina no admite las intervenciones ‘irreversibles y mutilantes’, sobre todo cuando afecta a los órganos reproductivos; es decir, el Estado está velando únicamente por la reproducción, por eso es tan difícil que una persona pueda hacerse una intervención. Se hace sólo cuando hay un fallo judicial. De todas formas, no necesariamente tenés que atravesar un cambio de sexo para que tu identidad sea concedida”.

Por lo que sí tiene que atravesar una persona transexual es por la humillación de someterse a pericias psiquiátricas denigrantes, ya que la única alternativa parece ser asumir una sensación de disconformidad con el propio cuerpo. “La medicina es una disciplina de control y tenemos que discutir los mitos fundantes de esta sociedad, el de la heteronormativa que nos pone a nosotrxs dentro de las perversiones y la enfermedad. ¿Quién lo decide? ¿Una iglesia? ¿Una dictadura? Una sociedad entera que mata, discrimina, tortura, destruye, nos trata de enfermas a nosotrxs, pero, ¿quién puede establecer qué es la normalidad? No tenemos que aceptar el control del Estado y la sociedad a través de la medicina”, dice Lohana Berkins, y agrega que “para este encuentro convocamos a diferentes psicólogos y especialistas con el fin de hacer escuchar nuestras realidades y nuestra voz”.

Marlene Wayar completa: “Está la ciencia y su realidad de que hay un cuerpo macho y un cuerpo hembra. Eso es mentira. También están los niños intersex, por ejemplo, que nos demuestran que hay una naturaleza ambigua y esto vuelve mucho más cruento el proceso de ‘normalización’, ya que no son sujetos que den su consentimiento para semejante cosa. En muchos casos, el proceso los deja legitimados, pero sin opción a poder vivir en plenitud”.

Cuando la medicina y el Estado definen la transexualidad como un trastorno, están poniendo en evidencia que la diversidad de identidades en realidad trastorna su sistema. Diagnósticos como disforia sexual (aquello del cuerpo de mujer atrapado en un cuerpo de hombre o viceversa) evidencian el miedo a que se desarticule el orden vigente. Estamos hablando de transfobia y ésta es la verdadera enfermedad: “Este es un sistema que produce sujetos enfermos. Podemos decir que nuestra sexualidad no está patologizada, pero sí estamos enfermas de soledad, de no poder construir proyectos a futuro, de no poder decidir sobre nuestras vidas y nuestros cuerpos”.

La transfobia tiene cura
Cuando la OMS dejó de considerar la homosexualidad como una enfermedad en 1990, se constituyó un precedente histórico. Pero la remoción de términos médicos y psiquiátricos que definen las identidades sexuales como patológicas no ha sido completa. Dice Lohana: “Yo fui muy crítica de los países donde se celebró que se retirara la condición de enfermedad a la homosexualidad, ya que faltábamos nosotrxs. Empezamos a entender que en cuanto a la agenda de gays y lesbianas hay un desfasaje”.

Por su parte, Maffía expuso su posición acerca del rol del Estado: “Cuando en los ‘90 se hace el reconocimiento explícito de la homosexualidad como una elección y no como una perversión, fue algo que tuvo que ver con el modo en el que avanza la sociedad, con cierta tolerancia hacia la apropiación que cada uno hace de su libertad personal. Pero en la sociedad todavía hay voces que dicen: ‘Pero si les sacás lo patológico, no los podés curar’, y es que no hay nada que curar. En todo caso lo que hay que curar es la homofobia y la transfobia. Una sociedad no se hace simplemente tolerante, es algo por lo que todavía hay que trabajar mucho. Todavía existe una realidad hegemónica que hace vulnerables a las personas. Hay que pensar en un marco de derechos humanos y si lo pensás así las soluciones son nuevas políticas públicas. Toda la población debe ser educada en una sexualidad más amplia. Hay que liberar los márgenes de expresión sexual de cada persona y empezar a entender que la expresión de género no se vincula con la genitalidad de los cuerpos”.

Ciento por ciento trans
“Tenemos que dejar de aceptar lo del cuerpo equivocado. Yo no nací en un cuerpo equivocado”, declara Lohana Berkins, marcando así otro punto clave en este debate: la aceptación que algunas ciudadanxs transexuales hacen de las reglas dominantes, lo cual conlleva asumir que para acceder a determinadas políticas públicas tienen que aceptarse como enfermxs o anormales. “Una cuestión importante es concientizar a lxs compañerxs, porque históricamente han aceptado la disforia de género para que se realice el tratamiento. Queremos discutir con activistas y no activistas para que no acepten una enfermedad a cambio de un derecho. Tenemos que trabajar con las compañeras que asumen esa situación.” Al igual que Lohana, Marlene también encuentra en este punto una responsabilidad de la militancia. “Esto que nos sojuzga no podemos reafirmarlo en nosotras mismas. Tenemos que quitarnos al enemigo que tenemos dentro. Es desde ahí desde donde tenemos que hacer la revolución para poder enfrentar el afuera. El cambio de sexo tiene que ver con la potestad de lo académico que se yergue como despótica y que te dice que una mujer no puede ser sin vagina. Pero tenés que pagar un precio muy alto: convertir nuestro sexo en una zona cercana a la muerte. Si alguien quiere transexualizarse está en su derecho, y el Estado tendría que brindar las formas posibles. También estamos las que decidimos no hacerlo. No quiero imponer el ‘no te intervengas quirúrgicamente’, no es mi objetivo, pero me parece que hay que plantearlo. Hay allí un tema a trabajar y que tiene que ver con el enemigo interno que nos dice ‘que estamos mal’ y que tenemos que ser hombres y mujeres ‘puros’ y perfectos. Yo soy ciento por ciento trans y en mi transexualidad soy pura y perfecta.”