2009/05/13

090513 . SEXOFOBIA DESDE GRANADA


  • “Decir que el preservativo propaga el sida es faltar a la verdad y atentar contra la salud pública”
  • Las ONG que trabajan en el ámbito del VIH/sida sienten un profundo rechazo por las declaraciones del arzobispo de Granada, Javier Martínez, en las que afirma que “el uso masivo de los preservativos no ha detenido el sida en África, sino que lo ha propagado”, apoyando así las manifestaciones de Benedicto XVI en relación al uso del preservativo.
  • CESIDA, 2009-05-15
El presidente de la Coordinadora Estatal de VIH/sida, Santiago Pérez Avilés, vuelve a ratificar el mensaje común de las organizaciones que trabajan en el ámbito del VIH/sida de “la necesidad de promover el uso del preservativo y fomentar la educación sexual”. El presidente de CESIDA señala que “es necesario actuar ante el rechazo del uso del preservativo por parte de la jerarquía de la Iglesia, con unos argumentos que faltan a la verdad y atentan contra la salud pública”, en referencia a las declaraciones del arzobispo de Granada, Javier Martínez, afirmando que “el uso masivo de los preservativos no ha detenido el sida en África, sino que lo ha propagado”, en un artículo publicado por la Oficina de Información de los Obispos del Sur de España (Odisur).

Las manifestaciones del arzobispo de Granada, en línea con las declaraciones de Benedicto XVI en el inicio de su viaje apostólico por África, son “una irresponsabilidad, puesto que está demostrado que es una fórmula útil y eficaz en la prevención del VIH/sida”, señala Santiago Pérez. Asimismo, desde CESIDA “siempre recomendaremos la utilización del preservativo en las relaciones sexuales con penetración, ya que es un método que evita las infecciones de transmisión sexual y los embarazos no deseados”.

  • El Arzobispo Granada asegura que el preservativo ha propagado el sida en África
  • Benedicto XVI recibió las críticas de la comunidad científica y los países europeos por unas declaraciones similares
  • El País, 2009-05-14 # EFE • Granada
El arzobispo de Granada, Javier Martínez, cree que el uso "masivo" de los preservativos no ha detenido los contagios del virus del sida en Africa, sino que lo ha propagado, una realidad que, a su juicio, está "perfectamente constatada".
En un artículo publicado ayer por la Oficina de Información de los Obispos del Sur de España (Odisur), el prelado ha apoyado las manifestaciones efectuadas por el Papa Benedicto XVI en una reciente visita al continente africano en las que afirmaba que el uso de los preservativos aumentaban el problema del sida y ha apostado por la "necesidad de cambiar nuestra mirada sobre la sexualidad".
Entonces, las palabras del Papa fueron duramente criticadas por representantes políticos e institucionales de diversos países europeos, como Francia, Bélgia o España, donde el Congreso debatirá en comisión si reprueba sus palabras. Asimimos, la prestigiosa revista médica The Lancet exigió a Benedicto XVI que se retractara públicamente de unas palabras que tachó de "atroces" en un durísimo editorial.

Martínez culpa de esta situación a "los mismos que degradan sin cesar y sin límite nuestra propia humanidad y la dignidad de nuestro pensamiento cuando deciden promover entre nosotros la banalización absoluta del uso del cuerpo humano y del sexo".


Además, en su texto, considera que los culpables "son los mismos" que consideran que "a cualquier cosa, incluso constitutivamente estéril, se le puede llamar matrimonio" o aquellos que piden "mil controles" para obtener un antibiótico pero suministran a los menores "sin que sus padres lo sepan, sin rechistar y todas las veces que haga falta", una píldora "abortiva".


El arzobispo de Granada también ha alertado de que la sociedad de hoy se dirige hacia el "hormiguero industrioso al servicio de los intereses económicos y políticos de los poderosos" y ha comparado esta actitud "tan alegre y confiada" con la de unos párvulos "a los que sus maestros llevan de excursión".


  • ¡Gracias, Santo Padre!
  • Odisur, 2009-05-13 # Javier Martínez • Arzobispo de Granada
Los dos hechos que siguen me han sido contados por sus protagonistas.

En un país de América Latina, una médico, ginecóloga, premiada como la mejor médico del país por el gobierno de su nación, ha dedicado parte de su vida profesional a impartir un programa de educación afectiva y sexual a adolescentes y jóvenes. Es un programa con una duración de seis meses, y un trabajo semanal a lo largo de ese período. El programa consiste en dar a conocer con detalle suficiente a los jóvenes (ellos y ellas) el funcionamiento del cuerpo humano en relación con la sexualidad y con el afecto. Con detenimiento y cariño, por ejemplo, se les acompaña a las muchachas a conocer sus ciclos reproductivos, y a todos a descubrir la belleza de la sexualidad y su funcionamiento, a reconocer el misterio que somos y lo bien que Dios nos ha hecho. Es un programa magnífico, creado por una médico norteamericana (una religiosa) que ha trabajado muchos años como ginecóloga en Pakistán y en Bangladesh.

Nuestra médico de América Latina estaba impartiendo su programa en un colegio de la capital de su nación al que asistían las hijas del ministro de Educación. Un día, en el entreacto de un teatro, coincidieron el ministro y la médico. Fue el ministro quien vio a la médico, y se acercó a ella para felicitarla: “¡Doctora, qué alegría verla! ¡No se puede hacer idea de lo contentas que están mis hijas! ¡Vienen a casa y no paran de hablar de lo bonito que es su programa y del bien que les hace! ¡Enhorabuena!” El ministro siguió en esa vena por un rato, hasta que la médico le dijo: “También a mí me alegra, ministro, que sus hijas estén tan contentas, y que usted haya tenido la ocasión de ver el valor que tiene un programa planteado así. ¿Qué le parece si desde el Ministerio se permitiese que en los colegios públicos donde los padres lo pidieran —las hijas del ministro estudiaban, como es natural, en un colegio privado—, pudiéramos también dar el mismo programa?” “¡Ah! ¡Eso no, doctora! ¡Eso no puede ser! A unos pocos se les puede educar, pero al pueblo hay que darle preservativos”.

Vamos con la segunda: En este caso era una médico norteamericana, que trabajaba en Ghana, en un centro de Atención Primaria. Había estado en la Conferencia Internacional de El Cairo sobre la Población y el Desarrollo, en 1994, y de retorno a América, antes de volver a su misión, pasó por España. Coincidimos en un acto, nos presentaron y estuvimos hablando un buen rato. En el centro donde ella trabajaba, en una zona sumamente deprimida —me dijo—, morían todos los días niños deshidratados a causa de una simple colitis, por falta de suero fisiológico, y por la ignorancia de las madres. Sin embargo, el centro estaba literalmente “lleno” —o tal vez sería mejor decir “invadido”— de cajas y cajas de preservativos que ciertas compañías americanas y europeas les enviaban gratis, hasta no saber qué hacer con ellos, porque ocupaban un espacio en el centro que no tenían, y que necesitaban para cosas más urgentes y más graves.

¿Cui prodest? ¿Quién paga el anuncio? ¿Qué visión del ser humano y de la vida —y de las distintas clases de seres humanos, y de vidas humanas— se esconde detrás de estas historias? ¿Quiénes, qué poderes y qué industrias, se benefician de la despoblación de África, y piensan ya sin duda en los futuros beneficios de sus inmensas riquezas y reservas naturales? Sin duda, los mismos que degradan sin cesar y sin límite nuestra propia humanidad y la dignidad de nuestro pensamiento cuando deciden —y nadie sería capaz de explicar racionalmente en virtud de qué poder—, promover entre nosotros la banalización absoluta del uso del cuerpo humano y del sexo.

Los mismos que deciden que el matrimonio —esa maravillosa y fragilísima realidad humana, o mejor, divina— no es un bien que necesita ser protegido. Los mismos que han decidido que a cualquier cosa —incluso constitutivamente estéril— se la puede llamar matrimonio, haciendo burla de los millones de personas de las que ellos viven, porque son quienes pagan como pueden sus impuestos, aunque ninguna de esas personas —absolutamente ninguna— haya nacido de esas uniones estériles. Los mismos que deciden que matar a un ser humano, siempre que no haya nacido y no tenga voz para gritar, ni acceso a los medios de comunicación para defender sus derechos, ni un sindicato que le defienda, es legítimo, con tal de que les convenga a alguno de los adultos implicados. Los mismos que están a punto de decidir “una salida” igualmente digna y honrosa “a favor” de quienes han dejado ya de producir, para que no sean una carga para la Seguridad Social. Los mismos que piden mil controles para obtener un antibiótico, pero dan a menores, sin que sus padres lo sepan, sin rechistar y sin comentario, y todas las veces que haga falta, una píldora abortiva cuyas consecuencias, absolutamente conocidas en caso de abuso, no se quieren decir, para que no quede rastro o huella alguna, para que nadie les pueda reclamar el día de mañana por este crimen contra la humanidad de nuestros adolescentes (y contra su salud mental, afectiva y corporal).

Lo que se silencia es el dato —perfectamente constatado— de que el uso masivo de los preservativos no ha detenido el sida en África, sino que lo ha propagado. Y se silencia el número de suicidios que se producen entre las mujeres que han abortado. Y se silencia la amargura infinita y el dolor en que viven la inmensa mayoría de las que se han creído que “eso” era un derecho, y no saben que sería mucho mejor que fuese un pecado, porque los pecados, todos los pecados, HAY quien los perdona, y quien nos ama y nos abraza y nos cura. Y se silencia que, según estadísticas oficiales, en Andalucía, la primera causa de muerte entre los adolescentes y jóvenes no son los accidentes de tráfico, sino el suicidio. Y como se silencia, nadie se pregunta por qué. No hace falta preguntarse, porque es obvio que vivimos en el País de las maravillas. Y estamos lanzados hacia el progreso. Desde luego, a toda velocidad. A tanta velocidad, que ya no podemos saber hacia dónde vamos, si hacia el progreso o hacia el abismo.

¡Qué difícil es no pensar en aquella escena de El tercer hombre en la que Joseph Cotten y Orson Wells mantienen una conversación en la noria del Prater de Viena! En aquella Viena destruida por la II Guerra Mundial, Orson Wells vendía de estraperlo penicilina adulterada, con terribles consecuencias para quienes la usaban, incluso cuando sobrevivían. Lo importante es mirar a los hombres de lejos, como desde lo alto de la noria, hasta que no sean más que puntitos... “Si te ofrecen veinte dólares por cada uno de esos puntitos que dejara de moverse, ¿cuántos crees que se resistirían? ... Y libres de impuestos, amigo, libres de impuestos...” Con un cinismo helador, Orson Wells continúa: “Los gobiernos lo hacen, ¿por qué no podríamos hacerlo nosotros?” La sociedad de los puntitos vistos de lejos, vistos en las estadísticas, es ya nuestra sociedad. La vida del hormiguero industrioso al servicio de los intereses económicos y políticos de los poderosos podría ser nuestro futuro. Lo más sarcástico, lo más esperpéntico de todo, es que parecemos dirigirnos hacia ese futuro tan alegres y confiados como unos párvulos a los que sus maestros llevan de excursión.

Lo que el Santo Padre ha dicho en África es, sencillamente, que tenemos necesidad de cambiar nuestra mirada sobre la sexualidad. Y también que tenemos necesidad de cambiar nuestra mirada sobre la enfermedad y sobre los enfermos. Dos verdades evidentes. Antes que ninguna otra reflexión acerca del derecho del Papa a hablar, o acerca de qué cosas puede o no puede, o debe o no debe hablar, lo que se impone recordar es, SOBRE TODO, QUE LO QUE HA DICHO EL PAPA ES VERDAD. Es verdad para África y es verdad para nosotros. Es verdad para todo el que no se resigne a que nuestra sexualidad, ni nada en nuestra vida, sea como en la vida de los animales. Es verdad para todo el que no esté dispuesto a resignarse a que su futuro sea formar parte, solidaria y alegremente, del hormiguero universal, controlado por esa nueva casta de Grandes Hermanos que se multiplica como las setas. Hay una forma más bella, mejor y más humana de vivir la sexualidad. Hay una forma mejor, más bella y más humana de afrontar nuestra fragilidad y nuestra miseria, nuestra enfermedad y nuestra muerte. ¡Gracias, Santo Padre, por tener el valor de decirnos la verdad, a nosotros y a nuestros hermanos africanos! ¡Gracias por reclamarnos a todos a una vida de primera clase, a una vida verdadera y plenamente humana! ¡Millones de hombres pedimos al Señor todos los días para que no se canse, para que no ceda, para que el Señor le sostenga y siga siendo libre!

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